lunes, 12 de mayo de 2014

PEMÓN BOUZAS: «No pretendo hacer novela histórica y menos en esta última.»

Pemón Bouzas (Santiago de Compostela, 1957) trabaja en la TVG donde ha presentado y dirigido numerosos programas y documentales. Ha publicado de las novelas ‘El informe Manila’ (2005) y ‘Las luces del Norte’ (2008), siendo autor también de ‘100 cosas que hacer en Galicia’ (2010) y junto a X. A. Domelo ‘Mitos, ritos y leyendas de Galicia’ (2000) y ‘Santiago de Compostela, y después de abrazar al santo ¿qué?’ (2004). En 2013 ganó el LX Premio Ateneo de Ciudad de Valladolid con La voz del viento, novela por la que le preguntamos en esta entrevista.

Enhorabuena por el Premio Ateneo de Valladolid, segundo más antiguo después del Nadal. Debe de ser especial recibir un premio así.

Especial es el premio en sí, pero sobretodo un premio como este, teniendo en cuenta que durante tantos años, hasta los últimos de su vida, el Ateneo lo dirigía Miguel Delibes, uno de los grandes y, por lo tanto, aunque hay muchos ganadores que no resultaron muy conocidos, sus obras eran muy literarias, de mucha calidad literaria. Por eso me gustó. Hoy no se desdeña nada en absoluto y el prestigio de estos premios, el Nadal y éste.

Y un premio limpio, además.

Es un premio de los literarios que se apoyan que apoyan la novela, la verdad es que fue una satisfacción enorme porque no me lo esperaba. No me presenté al premio, me presentó mi mujer; cuando faltaban cuatro días me llamaron por teléfono para avisarme de que estaba entre los cuatro finalistas y que estuviera atento al teléfono en cuatro días porque al ganador le llaman por teléfono desde un acto público, protocolario desde el Ayuntamiento, con prensa. Y entonces dije: vale, perfecto. Yo ese día a las doce, doce y media, me dije ‘pues ya nada’, y me fui a comer a un sitio donde no había cobertura. Y suena el móvil y lo cogí de casualidad, me dijeron: acaba de ganar el premio Ateneo de Valladolid, y no me lo creía; luego oí las carcajadas, la gente del público, y a partir de ahí la vorágine de medios, etc.

Esta novela surgió de algún modo a raíz de la crisis actual, ¿es cierto?

En parte. Yo estaba buscando documentación sobre un personaje que forma parte del imaginario gallego, Maria Soliña, que es una mujer que fue acusada de hacer bruja hace cuatrocientos años y juzgada por la Inquisición de Santiago y que después las coplas populares empezaron a hablar de ella. Poco se sabía y poco se sigue sabiendo. Me parecía muy atractivo este personaje, saber qué pasó con esta mujer –siempre busco mujeres en mis historias no sé porque–; ella tenía sesenta años cuando le pasó. Durante los años de mi investigación, con buena ayuda de profesores de la Universidad de Santiago que me iban guiando, ya estaba harto de lo que estaba pasando en nuestro país, de ver la desolación, de no ver futuro, de ver gente que se iba a la calle…, y tenía ganas de escribir sobre la crisis. Más o menos por entonces caen en mis manos documentos que hablan de todos los acontecimientos que tuvieron que ver con este personaje y de otras mujeres, mujeres que fueron juzgadas en la misma comarca, en las rías bajas, en Cangas, que es la parte norte de la ría de Vigo. Esas mujeres empezaron a ser acusadas y juzgadas por brujas justo después de que ese pueblo haya sufrido una crisis, pero su crisis no fue una crisis financiera sino de los cañonazos de once veleros de tres mástiles de piratas berberiscos. Y de la población de unos 800 habitantes del burgo de Cangas, el pueblo en sí que fue atacado, mataron a unos 200 habitantes. Eso, lo primero, destroza a las familias y segundo, derrumba la economía y al mismo tiempo hace que aflore los aspectos más negativos de las personas y los que quieren seguir manteniendo a su poder tienen que recurrir a explotar a los pobres, a los trabajadores y a la gente honrada para seguir manteniéndose, mantener ese poder de una manera fácil. Se acusó a algunas curanderas, meigas y, al mismo tiempo, a mujeres pobres de solemnidad… Para que no nos acusen de que vamos detrás de mujeres ricas y las condenan para expropiar sus bienes.
En la novela también hay amor, hay esperanza, son elementos que forman parte de todas mis novelas; es una novela de personajes secundarios.

Basarse en hechos históricos, aun ficcionando, se asemeja en parte al periodismo de investigación, buscar lo que está escondido o poco conocido, como periodista ¿le resulta más cómoda la novela histórica que otros géneros más fantásticos?

Bueno, de momento, tres novelas que he publicado tienen una base histórica, me gusta mucho la Historia, pero no pretendo hacer novela histórica y menos en esta última. Me gusta lo fantástico porque lo fantástico forma parte de mi tierra. Cuando hablé en una ocasión con García Márquez y le pregunté qué era el realismo mágico me dijo: «¿usted es gallego?, mi abuela era gallega y ¿qué quiere que le explique?». Mis obras viven en las obras de Cunqueiro, de Valle-Inclán…, viven vivos y muertos juntos; en mis obras no hablan los muertos, pero está presente la Santa Compaña que va a anunciar una defunción, y la presencia de leyendas sobre el mal. Para mí es muy importante de esta novela la parte que es la de la tradición del pueblo gallego. Y es investigación periodística, es fantástico poder investigar, es muy estimulante; aprendes y además las posibles ideas que tenias preconcebidas de lo que querías escribir te las puede hacer modificar. Va creciendo todo, va creciendo a medida de que te vas documentando y tomando notas, y vas dibujando un personaje, o vas diciendo creo que voy por aquí o voy por allá; vas aprendiendo técnica periodística después de todo. No puedo hablar de técnica de investigación como historiador porque voy a fuentes de los historiadores contemporáneos.

La invasión de los piratas berberiscos a la región donde se desarrolla la novela es un suceso clave, como lo es la lucha y la solidaridad para hacerles frente, ¿hay un mensaje de fondo para que nos concienciemos de otros piratas modernos?

Creo que está de fondo en toda la novela, desde que el propio narrador, un funcionario, en el momento en el que hace un acto de reflexión, de contrición de las cosas que le habían sucedido mientras era probado toda la Inquisición, pues él mismo dice que en cuántas ocasiones tuvo que mirar para otro lado porque sabía que lo que estaba haciendo su institución no atendía a justicia, a la verdad de la justicia. La solidaridad de los pueblos surge cuando hay gente valiente que quiere defender al pueblo. Al mismo tiempo, mientras se producía el ataque de los piratas, hubo gente que puso pies en polvorosa. Y el pueblo está defendiendo lo suyo y está defendiendo lo de los que se marcharon, porque al defender el pueblo defiende a toda la sociedad, a toda la estructura del pueblo. El mensaje es que solamente la gente honrada con principios, con valores morales que creen en sí mismos y en sus vecinos y en la solidaridad es la que puede mover a la propia sociedad para defenderse, en este caso era contra unos piratas berberiscos y en la actualidad no sabemos contra quién, contra la injusticia que viene de aprovecharse de una situación de crisis provocada por los especuladores para seguir machacándonos y todo lo logrado en años.

Algún detalle sobre Maria Soliño que pueda revelarnos y que haya quedado fuera de la novela por exigencias del guión.


No, porque lo poco que se sabe lo he utilizado completamente. Y a partir de ahí he incluido por donde podían ir los tiros, he novelado a partir de eso. Hay gente que la va a leer, gente gallega que conoce a Maria Soliño, está en el imaginario, conservando el personaje conocido; no sabemos qué paso con ella, pero sabemos que fue una bruja, pero no hay nada más, yo no he descubierto nada más. Lo que se sabe está en el libro, que era una mujer, que era una bruja y cómo actuó la Inquisición, como actuaron las autoridades del pueblo contra ella.

Muchas gracias y mucha suerte, Pemón.

Por Ginés J. Vera

lunes, 5 de mayo de 2014

JAIME SILES: «Un traductor es un gran lector de la obra porque la tiene que leer, entender y reescribir.»

Esta entrevista es muy especial, en tanto quiero dar las gracias a Jaime Siles por su amabilidad y dedicación al abrirnos las puertas de su casa para llevarla a cabo. También mi agradecimiento a Sergio Martínez, por sus excelentes fotografías y haber hecho posible esta entrevista y la difusión en un importante medio de comunicación valenciano.

Jaime Siles es profesor universitario en la Universidad de Valencia además filólogo, traductor y poeta. Doctor en Filología Clásica ha sido nombrado autor del año 2014 por la Generalitat Valenciana. Entre sus muchos reconocimientos como escritor destacar el premio Loewe de poesía en 1989 o en el premio de las Letras Valencianas en 2004.

¿A qué cree que es debido que España presente unos índices de lectura y comprensión lectora bajos respecto a otros países tanto dentro como fuera de la Unión Europea y cuál sería la fórmula para mejorar esta situación?

Creo que España tiene especialmente la asignatura pendiente de nuestra democracia y es, sin duda alguna, la educación. La educación debe hacer que la gente aprenda no una lengua sino varias, que sea capaz de expresarse en ellas, que sea capaz de leerlas porque es la única manera que tenemos los españoles hoy de ser europeos de pleno derecho. Si no dominamos las principales lenguas europeas somos ciudadanos de segunda categoría no de primera. Y en el sistema español hay unas deficiencias muy claras, y una sobre todo es la no valoración del esfuerzo. Durante años se ha penalizado el esfuerzo y eso es un gran error porque desde la Ilíada hasta hoy sabemos que la moral de occidente se ha basado y esta ha sido la base de nuestro progreso en las palabras de la Ilíada: Esfuérzate por ser el primero y el mejor en todo. Y aquí llevamos 20 o 30 años en que parece que hay que esforzarse por ser el peor, por ser el más tonto de la tierra. Eso no puede ser modelo absolutamente de nada.

¿Qué supone para usted recibir el reconocimiento como Escritor del año 2014 de la Generalitat?

Para alguien que ha vivido veintitrés o veinticuatro años en el extranjero, alejado de España y de Valencia, supone un gran reconocimiento como el que me hizo la Generalitat Valenciana, en el año 2004, al darme el premio a las Letras Valencianas, o como me hizo el Ayuntamiento hace unos meses cuando me nombro hijo predilecto de la ciudad. Yo creo que un reconocimiento como éste lo que supone es un refrendo de la ciudadanía, es decir de los propios paisanos, ¿qué más se puede pedir?

¿Dónde se integra la función de un filólogo en el contexto de la sociedad actual?

Creo que en un contexto muy importante. Hay muchos tipos de filólogos, yo soy un filólogo clásico, es decir, que me dedico a las lenguas antiguas, las que han sentado las bases de nuestra civilización y, naturalmente, la filología es una manera de entender no solo la Historia sino también la realidad, porque la filología es lo que nos enseña la representación verbal de la realidad. Un filólogo sabe si la realidad está bien representada verbalmente, si no lo está es una imperfección o una falsación, según sea voluntaria o involuntaria esa falta de exactitud de la verbalización. Yo creo que la filología es muy importante porque la palabra lo es. Nosotros tenemos identidad porque tenemos lenguaje, si no tuviéramos lenguaje careceríamos absolutamente de identidad, seríamos como un vegetal o como un perro, y es el lenguaje lo que nos permite articular en conceptos todo lo que la Historia de la Humanidad ha ido adquiriendo como conocimiento y experiencia, si eso no se pudiese trasladar al concepto a lo mejor quedarían monumentos en piedra, pero no quedaría una palabra, no quedaría un lenguaje que pudiese trasmitir.

El conocimiento de la cultura clásica, del latín o el griego en el sistema educativo ¿qué cree que aporta a los futuros ciudadanos de nuestra sociedad?

La única manera de ser ciudadano de verdad es sabiendo porqué se hizo la democracia en Grecia y cómo se continuó en la república romana. Piense usted que cuando se hace la gran revolución -que es la revolución francesa, porque es la única que sigue todavía viva-, ésta se hace tomando como ejemplo Roma, la República. Montesquieau escribe en esa dirección, y cada vez que la cultura occidental se ha apartado de las bases del latín y del griego y de las bases de la democracia y de las bases de la república romana el hombre ha empezado a caminar a cuatro patas y no le ha salido rabo de milagro. Y cada vez que ha sucedido lo contrario, ahí tiene usted el renacimiento, ahí tiene usted la ilustración por poner dos ejemplos claros, toda la humanidad ha ido hacia delante. De manera que yo creo que el latín y el griego cumplen una función muy importante, o deberían cumplir una función muy importante en el bachillerato. El bachillerato está irreconocible. En mi época, cuando yo estudiaba en el bachillerato, lo importante era, en ciencias: las matemáticas, la física y la química; y en letras: el latín y el griego. Ahora no. Me he entrevistado cuatro veces con el ministro Wert, me he entrevistado en la Moncloa con los asesores de Rajoy y, bueno, hemos conseguido que el griego no quede muy bien, pero el latín y la cultura clásica lo hemos salvado. No hemos llegado a los objetivos máximos deseables, pero hemos salvado unos mínimos.

Hablando precisamente de política, ¿cómo han afectado las políticas de austeridad a la cultura española y cuándo cree que podrá revertirse esta situación?

No sé cuando se podrá revertir porque eso depende de unos parámetros internacionales, pero parece que tardaremos un tiempo de salir de aquí, unos cuantos años, una década tal vez. Pero, en cualquier caso, yo creo que ha sido muy duro para el cine, muy duro para la música, el IVA sobre los espectáculos y sobre el libro es un atropello y no digamos el problema con los estudiantes la universidad, que tienen muchos menos medios. Los profesores cobran hasta un treinta o un cuarenta por ciento menos, no hay plazas que vuelvan a convocarse en las oposiciones. Después de lo invertido, con el sacrificio social que supone en la formación de una generación, esta generación la estamos exportando. Es una ley antieconómica se mire por donde se mire.

Quería preguntarle por una afirmación suya: ‘el traductor y el crítico textual son los mejores lectores de una obra’.

Sí, yo he traducido de varias lenguas, la traducción me gusta mucho, en periodos de sequia. La traducción ayuda mucho porque es una especie de gimnasia lingüística y mental que mantiene la temperatura poética. Cuando yo he dicho eso me he referido a que un traductor tiene que reescribir en otra lengua aquello que un escritor escribió en la suya propia, y entonces termina conociéndola muy bien porque ve las limitaciones no de esa obra, sino del propio idioma y de la propia cultura para esa obra. En ese sentido es un gran lector de la obra porque la tiene que leer, entender y reescribir. Muy parecido a eso le pasa al crítico textual, el crítico textual es un especialista dentro de la filología y lo que tiene que hacer es fijar un texto. Imagínese usted que tiene una novela de Galdós y que en Galdós hay ocho ediciones distintas: unas con erratas otras sin erratas, unas en las que hay una palabra que se han comido, otras en la que no. ¿Cómo fijar el texto? Por eso el crítico textual debe conocer al autor mejor que el autor a sí mismo, para saber qué palabra es la que debe entrar ahí en el caso de que este falte o cuál de esas distintas versiones del mismo texto es la canónica o sería la mejor. Son lectores muy especiales, yo los he admirado mucho, porque si creo con Borges que la literatura de creación sobre todo es literatura de lectura en el sentido de que de si usted y yo supiéramos, como dice Borges, cómo va leer un hombre en el año 2040 sabríamos cómo va a escribir ese hombre en el año 2040. Si usted supiera el código de lectura o el punto de vista desde el que se lee sabría el punto de vista desde el que se va a escribir.

¿Hay en nuestra cultura una cultura humanística?

En nuestra cultura hay una base de cultura humanística, lo que pasa es que en los últimos años de capitalismo desbordado y de un liberalismo sin precedentes se han venido muchas cosas abajo, entre ellas el humanismo. Y no solo digo el humanismo porque la gente que no quiera leer latín o griego no se ha venido abajo, no se ha venido abajo porque lo que se ha venido abajo es el concepto mismo de ser humano. Claro, esto es lo que no hay de olvidar, y claro, la gente ha confundido precio y valor, que es otra barbaridad. Las cosas de verdad no tienen precio, lo que vale de verdad está fuera del mercado. Y eso es lo que habría que enseñar, eso es lo que enseña la cultura humanística eso y a ser un buen conciudadano a respetar las leyes y sobre todo a ser crítico, porque la cultura humanística tiene como obligación la formación de una ciudadanía crítica, entendiendo por crítica aquella que es capaz de analizar un discurso político y decir: esto es verdad y esto es mentira; esto nos conviene y esto no nos conviene, eso es una cultura humanística, una cultura crítica. La capacidad de que usted pueda criticar, de que usted no vea el periódico y se lo creo que usted no vea la televisión y se lo crea, que usted sea activo en su pensar. Esa es la fuerza de la palabra.

Con la crisis, ¿se aprende el verdadero valor de las cosas?

No, la crisis es una llamada de atención como cuando uno se pone enfermo. Una crisis en una sociedad quiere decir que la sociedad está enferma, y cuando uno está enfermo también se tiene una crisis, solo que es una crisis de su organismo y usted produce automáticamente unas antitoxinas que le defienden. Una crisis hace que la sociedad se replantee cosas. Una crisis no es en principio siempre mala, puede ser muy buena, lo malo es siempre lo que produce la crisis, no la crisis en sí, sino las causas por lo que hemos llegado hasta allí y eso si hay que aprender de ello y, si es posible, hay que corregirlo. Pero en la historia de la cultura las crisis son continuas y no siempre uno sale de la crisis peor. Yo diría que casi siempre la crisis es consecuencia de una mala interpretación de la realidad, de una mala interpretación de los valores verdaderos. La crisis a lo que viene es a recordar a la gente lo que es verdad y lo que es real y aquello por lo que hay que luchar.

Muchísimas gracias y enhorabuena, Jaime Siles.


Por Ginés J. Vera.
Foto: Sergio Martínez

http://www.levante-emv.com/cultura/2014/05/04/tuvieramos-lenguaje-careceriamos-identidad/1107370.html

martes, 29 de abril de 2014

LENA VALENTI: «Intento que cada libro tenga una trama diferente a la anterior, plagiarme a mi misma no me gusta.»

Lena Valenti me sedujo con su mirada, si se me permite decirlo, mientras la entrevistaba en el hotel de Valencia. Hubiera estado más tiempo preguntándole y departiendo entre risas y consejos sobre escritura. Seguro que muchos conocéis a esta autora de novelas de género romántico-erótico con gran éxito de ventas y de público. Os dejo la entrevista mandándole un simpatiquísimo saludo.

Tras la Saga Vanir y Amos y Mazmorras, los lectores de Lena Valenti ¿qué van a encontrar en común y sorpresivo en Panteras?

Van a encontrar en Panteras que la base de la historia es el amor profundo y sentimental que tienen todos mis personajes, aunque también el desamor y venganza; también tienen en común esto porque yo soy muy pasional y muy visceral y va a tener mucho de estos detalles en esta novela. Y de diferente que es una novela histórica y es la primera que hago, y que es muy romántica y que la trama es histórica, en tiempos de guerras napoleónicas, en medio del tratado de Amiens.

Hábleme de Katherine, ¿qué hay de Lena Valenti en ella, en la protagonista de Panteras?

De Katherine en mi hay de todo, ella es una persona muy fuerte a la que le han dado un palo muy duro, entonces tiene que tener mucha garra para salir de ese pozo en el que se ha metido. A lo mejor yo me identifico mucho con la garra de Katherine, con sus cenizas, es como un Phenix; me gusta su personalidad, me gusta lo afín que es a la lectura, el tipo de lectura que le gusta. Katherine tiene mucho de mí y al mismo tiempo es muy diferente.

Hay que decir que cuenta con ayuda.

Cuenta con ayuda de mujeres impensables en la época, que no quiere decir que no existieran. Porque el pensamiento reivindicativo los tenían todas, pero no tenían valor para darse a conocer. Entonces, las panteras son mujeres que también sufrieron graves afrentas por parte de un grupo de hombres y creen en el poder de la mujer y en el poder de tener un lugar en la sociedad y no solo que tienen que ser meramente objetos ornamentales de los hombres. La ayudan a salir del pozo en el que se ha metido, la rescatan de una muerte segura que iba a tener y se ponen de su parte, por eso dicen que tus agravios son los míos y que nunca caminaras sola: ese es el lema de las Panteras.

Y el de un equipo de futbol, creo.

Ah sí, del Liverpool, ¿no?

Sí, creo que sí, yo no soy muy de futbol.  Es un lema muy inglés.

Es una novela muy vindicativa, que habla de los derechos de los seres humanos, no solo de las mujeres, sino de los hombres y las mujeres en sociedad y cómo debe comportarse y cómo deben caminar juntos y conseguir sus objetivos. El problema de las panteras es que nunca van a caminar solas y que todas a una consiguen más que una sola dándose contra un muro.
Yo intento mandar un mensaje positivo y un mensaje de unión, Panteras es una grandísima historia de amor, pero tiene mucho de trasfondo, con eso es con lo que se tiene que quedar la gente, con lo de caminar juntos, con lo de pelear juntos, y que cuando algo no nos gusta tenemos que hacer por cambiarlo y que, gracias a dios, ellas lo conseguirán, hoy está en nuestra mano cambiar las cosas que no nos gustan.
La venganza y el amor están muy presentes en su novela, también el perdón. ¿Qué cree que les quedará a sus lectores tras leerla? Dicen que lo contrario al amor no es el odio sino la indiferencia.

Es cierto por eso las panteras han amado tanto que no pueden ser indiferentes y por eso lo que quieren es venganza, después de todo el daño que les han hecho, después de querer tantísimos no lo pueden dejar pasar y que si las panteras se unen para buscar la venganza a sus propios agravios a los que les han hecho y lo hacen de manera muy elegante y muy pasional, pero donde hubo amor sigue habiéndolo, con Katherine, por ejemplo. Ella odia, pero ella odia porque ama mucho.

Descubro una buena dosis de erotismo en Panteras, ya en la segunda página se nombran pechos, vulva, pene y testículos. ¿Se puso algún límite formal o narrativo mientras la escribía?

Panteras es el libro menos erótico que he escrito, porque no es un libro erótico, hay mucha aventura, con mucha trama histórica, con mucha información muy documentado, pero la base son los sentimientos, el amor, la justicia, el perdón, la venganza, pero de erótico no tiene nada, de hecho, las escenas que hay son escenas catalogadas como románticas porque está todo como tratado con elegancia.

Pero por ejemplo, cuando Katherine ‘toca’ al egipcio, ¿eso es muy romántico…?

Hombre, pero lo dice todo con las palabras justas… No tiene porque sonar burdo. Panteras se desvía bastante de lo que es el género erótico. Me gusta que esas tensiones sexuales del libro estén justificadas, que no sean porque si.

‘Si un escritor os gusta debéis exigirle que os sorprenda’, leo en los Agradecimientos. ¿Cuál ha sido la mayor autoexigencia que se marcó para escribir esta novela?


Sorprenderme a mí misma, yo soy muy prolífica, llevo muchos libros escritos en muy poco tiempo e intento que cada libro tenga una trama diferente a la anterior, eso de plagiarme a mi misma no me gusta. Lo que intentaba era en un genero completamente diferente a lo que había tocado hasta entonces, que fuera también diferente a lo que hay del genero, y para eso yo que he leído también muchísimo de todo necesitaba sorprenderme y decir: esta trama vale, no ha salido en ningún libro, estas actitudes, es verdad, pueden ser un poco rebeldes para la época, pero pueden ser reales, ¿por qué no? He querido hacer una historia que aun siendo ficción la gente, cuando la acabe, se pregunte ¿las panteras existieron? Ahí está el quid de la cuestión y que alguien se pregunte esto significa que he hecho un buen trabajo.

Muchas gracias y mucha suerte, Lena.

Por Ginés J. Vera

lunes, 21 de abril de 2014

MERCEDES ABAD: «Es la mirada del otro y el espejo el que nos devuelve nuestra incorrección estética.»

Mercedes Abad, autora de diversas obras de teatro y adaptaciones, libros de relatos y dos novelas, me saluda con la maleta apoyada en el sofá donde voy a entrevistarla, en un céntrico hotel de Valencia. Acaba de llegar de Barcelona. Su último libro, La niña gorda (Páginas de Espuma, 2014), son una suerte de relatos que se leen como una novela o viceversa. Unos minutos para sentarnos y romper la formalidad del cuestionario que traigo preparado. Le comento un libro anterior –Ligeros libertinajes sabáticos–, también de relatos, con el que obtuvo el Premio La sonrisa vertical en 1986. Ya sí, con tono distendido, le pregunto si las razones que le han llevado a escribir este libro, no han sido las de quitarse o aligerarse de algún recuerdo infantil.

«Absolutamente, absolutamente –afirma convencida–. La niña gorda c'est moi. Como dice un alumno mío: son unas memorias obesas, de niña obesa; con todo lo que significa haber sido una niña gorda en un momento de formación de la personalidad y de la identidad, ese difícil tránsito de la infancia a la pubertad, a la adolescencia y a la juventud, que es difícil aunque no seas una niña gorda. Y, bueno, ahí está todo el dolor, las humillaciones, las afrentas, los agravios recibidos por ser diferente, y entonces esa soledad de la niña, claro, que aparece casi como un refugio.

»O sea, la soledad está muy bien, porque en soledad no recibes ese sentimiento, no se alimenta ese sentimiento terrible de exclusión. Cuando sale la niña al ruedo cree que jamás gustará a los niños, y ve que las amigas también la marginan, la excluyen de un modo sibilino y sutil, con una crueldad muy sibilina. Pero de algún modo yo creo que se habla de gordura…

»A parte, cualquiera, casi cualquiera, ha sido un niño gordo. Es decir, el niño gafotas, el tímido, al que le sudan las manos, el que huele a no sé qué, el afeminado... Todos tenemos algo que nos hace, de pronto, un apestado social.»

Al oír esto último me identifico con los que no tienen un empleo y a veces sufren la incomprensión social.

«Yo creo que es la peor gordura –añade–, porque engorda mucho ser pobre; claro, engorda mucho porque a base de patatas, de arroz, de guisotes con materiales baratos…, o sea, la comida que no engorda es la cara, precisamente. Todos somos niños gordos».

Retomo la conversación hacia la protagonista de La niña gorda, Susana Mur, quien dice de sí misma que es una ‘neurótica frágil y efervescente, colérica, bulliciosa e impredecible.’

«Si, así es ella, tiene un par de rasgos míos. Un par, pero no todos, solo lo de colérica. Efervescente y colérica, yo diría –medita entre risas–; lo de impredecible también, son tres.»

¿A veces hay que vivir sin tanta autoexigencia? Le pregunto, al hilo de lo que la protagonista se pregunta a su vez, si la conciencia de su fealdad la afea aún más.

«Sí, claro –afirma–, si no te miraras al espejo y si no estuviera la mirada del otro no habría gordos no habría feos; pero claro, es la mirada del otro y el espejo el que nos devuelve nuestra incorrección estética, nuestra inadecuación. Los niños lo descubren muy pronto, Enseguida saben que es mejor ser guapo que feo y si eres guapo o feo, y no tanto por tus compañeros de edad, que también, pero los adultos también te lo marcan… –Hace una pausa antes de añadir–: Mi madre me había dicho un montón de veces: “tu mayor belleza es tu pelo.” La presión social no solo es la de los niños que son crueles, también los adultos.»

Consulto mis notas, le indico que tengo un par de frases más para que me comente. La primera sobre el ‘tozudo apego a la vida’ de Susana Mur, como una evidencia cuando ésta afirma que: ‘mi problema o mi salvación, según se mire, siempre ha sido que no sé vomitar.’

«Eso es absolutamente autobiográfico, yo no sé vomitar… –admite–. O sea, cuando vomito es que estoy muy al límite de que me lleven a urgencias; no puedo vomitar. Lo cual, supongo que me ha librado de la anorexia. De todos modos, cuando yo era pequeña, un problema tan dramático como la anorexia o no se hablaba o no existía, o no estaba diagnosticado o no existía; y si no estaba diagnosticado probablemente es porque no era el problema social que puede haber sido estos últimos años. Pero, efectivamente, yo creo que es mi tozudo apego a la vida y mi amor a la comida. Mi amor absoluto a la comida, soy una tragaldabas, y encima no soy solo tragaldabas, sino que retengo y memorizo, recuerdo muy bien cuando y si lo que como es bueno y me impresiona y disfruto. Los sabores se almacenan en mi memoria como la magdalena de Proust.»

Ambos advertimos que se va notando la hora de comer y, antes de despedirme para que pueda saborear un delicioso arroz con verduras –que ya probase con deleite en una anterior visita a Valencia–, le pido que me comente esta otra frase, sobre el poder, concretamente algo que piensa la protagonista, que ‘siempre hay la misma cantidad de poder, lo que tu ganas hay alguien que lo pierde.’

«Evidentemente, Susana descubre, en el primer cuento además, las relaciones de poder; ella está haciendo el tránsito, cuando su madre la lleva al endocrino descubre que ella tiene mala conciencia, y que en su conciencia, para calmarla, es capaz de hacer cualquier cosa, lo que la convierte en manipulable, ahí está descubriendo las relaciones de poder. Claro, el poder entre tú y yo siempre es el mismo, y el que lo tiene lo tiene entero, el poder no es algo que se reparta tan equitativamente: o lo tienes tú o lo tengo yo.  

»No es como la posesión de pelota de un partido de fútbol –me pone un ejemplo que me parece curioso, sin entrar en detalles sobre la relación entre su libro y el fútbol–, que si uno tiene el 48%, el otro es el 52%; no, el que lo tiene lo tiene y somete al otro.»


Agradeciéndole su paciencia, le pido robarle unos minutos más, para tomar una fotografía con su libro. Al proponerle que sea original, sonríe y se lleva a su ‘niña gorda’ a la boca, casi literalmente. 

Buen provecho y muchas gracias, Mercedes. 

Por Ginés J. Vera