En
este mes de mayo, tan literario como el pasado mes de abril, me
emociona compartir la entrevista que me concedió Santiago Mazarrasa
(Santander, 1988) al hilo de su última novela Casilla vacía, que
reseñé semanas atrás. Licenciado en Filosofía y Máster en la
especialidad de Pensamiento Contemporáneo, vivió en Madrid, donde
editaba fanzines y discos con Donato Fanzine y en Berlín, donde
trabajó como cocinero de hamburguesas caras. Desde 2021, vive en
Santander, donde edita la revista literaria MULE, que fundó junto a
la artista Mina K., pasea a su perro, mima a su gato y contempla un
Excel infinito. Ese año, participó en un concurso televisivo para
pagar sus deudas. Ha publicado las novelas "El aspirante"
(Ediciones Franz, 2021) y "Caníbal sin dientes" (2023). En
2024, en colaboración con la Fundación Gerardo Diego, estrenó la
obra de teatro "Reflector en sombra", publicada
posteriormente bajo el título "Poeta intrascendente".
P.: Alguien
me comentó una vez que solemos tender a escribir más sobre lo que
conocemos, en una especie de zona de confort, con sus honrosas
excepciones, claro. Leyendo su biografía aparece Santander, donde
nació y a donde regresó. También un trabajo en Alemania, como
cocinero. Hay algo de ambos elementos en Casilla vacía, le tiendo
este puente para que nos hable de este puzle de personajes y
subtramas convergentes.
R.: Si
hay algo de mi propia historia en la novela, lo hay como punto de
partida o como sustrato del que se alimentan los temas que más me
interesan. Uno de ellos, claro, es la experiencia del migrante y el
retornado, pero no me interesa más que otras como la del obrero de
la fábrica local, o la del empleado de banca, ni considero más
importante una que otra. La novela no se construye sobre una
experiencia personal, pero es cierto que puedo aprovechar
narrativamente espacios, acontecimientos y conflictos que he conocido
bien para darle forma al mundo desencantado en el que habitan los
personajes. Si estos materiales con los que trabaja Casilla
se
transforman en literatura es, precisamente, porque trabajan juntos y
son capaces de hacer emerger de sus particularidades una idea común
o, mejor dicho, un estado de ánimo que creo que recorre nuestro
tiempo y que no se ha nombrado todavía. No es, en resumen, un libro
autobiográfico porque no habla de mí, pero es un libro que sí
habla de mi época y de la historia compartida de mi generación. Al
menos, eso creo.
P.: En
uno de los capítulos se habla de los expats, los expátriados. En su
novela alude a ciertos artistas y emprendedores del barrio donde vive
uno de los personajes. Creo que algo de esa sensación también la
comparten él y otros personajes de Casilla vacía, al menos, así me
lo parece. ¿Es así?
R.: Es
curioso porque el término se usa en la novela de una manera muy
crítica. Es el personaje de Roto quien lo saca a colación para
reírse de cómo se representan a sí mismos muchos de los personajes
que lo rodean en el barrio de Berlín en el que viven, personajes
que, más que expatriados, han elegido libremente salir de sus países
para vivir algo que se asemeja más a la visita a un parque temático
que a una experiencia traumática. No son migrantes por necesidad ni
refugiados políticos y, sin embargo, estos personajes usan el
término para cubrirse a sí mismos con una paradójica pátina
moral, la de las víctimas del mundo, que no les corresponde.
A
pesar de ello, es cierto que ninguno de los personajes de la novela
se siente bien dónde está. Podría decirse de ellos que, a pesar de
vivir en una ciudad por elección o en su ciudad de origen por
necesidad, todos viven de algún modo desplazados, a la intemperie.
Eso forma parte del estado de ánimo del que hablaba más arriba.
P.: Uno
de los hilos argumentales se me antoja que es la culpa, sin dejar de
lado la búsqueda de uno mismo, la identitaria, en una generación,
quizá la suya, con muchos retos por delante, en especial, en el caso
de Casilla vacía, cuando se produce un vacío, uno doloroso. ¿Nos
lo comenta?
Más
que un hilo argumental, la culpa sobrevuela la novela como la sombra
o el reverso de todos esos asuntos que explora el libro: la búsqueda
de la identidad en un mundo hiperacelerado, la falta de expectativas,
la incapacidad para la comunicación etc. En lugar de buscar los
motivos fuera, los personajes no evitan sentirse responsables de su
propia situación, algo que, por supuesto, agrava el malestar. Creo
que esto es un mal extendido de nuestra época: la confusión entre
la situación personal y la responsabilidad individual, por eso me
interesaba tanto que el sentimiento de culpa estuviera presente. En
cierto modo, no podemos escapar a esta forma perversa de
autopercepción, por eso me interesaba que el lector sí la tuviera
presente.
P.: Nada
le ocurre al todo que no afecte a cada una de las partes, leemos y, a
continuación, Tampoco la muerte. Nos la comenta.
R.: El
elemento común a todas las historias del libro es ese grupo de
amigos de la infancia, que actúa, según creo, como un personaje
más, en tanto que cada una de las historias particulares narra
acontecimientos que influyen en su desarrollo y lo involucran como un
agente más en la historia. De hecho, a menudo, es el grupo el que de
forma más o menos explícita toma decisiones por cuenta de sus
integrantes. Cuando llega la muerte, que es un acontecimiento central
en la novela y una experiencia esencialmente individual, el grupo de
amigos toma conciencia del estado real en el que se encuentra: ya no
es un refugio, una totalidad cerrada y sin grietas, si no un conjunto
en disolución. Quizá, esta es una pregunta que atraviesa el libro,
ya lo fuera antes, pero es la muerte la que ha puesto este conflicto
sobre la mesa. Así es como interpreto yo esta frase en el contexto
de la novela, aunque no tengo claro que sea el más adecuado para
hacerlo.
P.: He
extraído, por si nos la comenta al hilo del argumento, esta frase:
"La pena se hace hueco, aparece como el ojo negro de un desagüe,
que se lleva el agua, pero deja el hedor".
R.: Creo
que el desagüe era una buena imagen para expresar lo que conlleva
una pérdida como la que sufren los protagonistas del libro: se
produce un vacío repentino, pero esa ausencia permanece y es, en
cierto modo palpable. La presencia fantasmal de este vacío como un
hedor me resultaba muy interesante en tanto que aúna nociones en
apariencia contradictorias que además conectan con la idea que
expresaba el título de la novela.
P.: Otro
de los grandes temas de su novela creo que se mueve bien con uno de
los pasajes en el que leemos: Por ahí va Roto, con un plan para hoy,
con un plan para mañana, con un plan, en general.
R.: El
contexto en el que aparece esta frase la carga de ironía. Roto, en
esa escena, no tiene realmente ningún plan, pero a su alrededor
parece que todo el mundo lo tiene por eso el sigue adelante, porque
asume que debe fingir que, como sus iguales, cree que hay un futuro
por delante. Efectivamente, esa idea irónica de futuro planeable es
uno de los grandes temas del libro y está presente también en la
historia de otro de los protagonistas. En ambos casos, sin embargo,
los planes de uno y otro no son más que ilusiones o, según quién
los mire, delirios.
P.: Me
gustaría preguntarle también por la parte formal de la novela. Por
las voces narrativas, esa segunda persona, por un lado; por ese
lirismo dándole hondura léxica y, ya puestos, por esa cita al
principio del capítulo ocho, como un guiño, quizá, pues el resto
se muestran desnudos de este.
R.: Para
mí era muy importante construir la novela utilizando diferentes
voces narrativas que tuvieran, sin embargo, elementos comunes. De
este modo, la novela podía leerse no solo como la suma de sus partes
si no como un todo con sentido que se dirige en una misma dirección.
La cercanía psicológica del narrador a los personajes, la urgencia,
los ritmos trabajan, creo, como un reflejo del estado anímico de
nuestra época. La segunda persona que mencionas es un claro ejemplo:
funciona como voz interior del personaje tanto como mecanismo
acusador. A partir de esa idea se construyen el resto de las voces
con sus particularidades.
En
cuanto a la cita que abre el último capítulo, me parecía
importante abrir una pequeña puerta, no sé si a la esperanza, pero
sí a cierta forma de alivio posible. No creo que esa puerta se abra
del todo, pero sí me parece que el personaje protagonista de este
capítulo tiene la intención de ser, de algún modo, portador de un
mensaje similar, aunque lo haga de una manera tan torpe que resulte
ridícula. De hecho, en sus manos, la cita, tan bonita, resulta
paródica.