Un domingo de pesca,
entre amigos, es una de las primeras escenas de "Casilla vacía"
(Alianza), de Santiago Mazarrasa. Amigos de la infancia, incluido el
que no pesca, pero les acompaña, bebe, cuentan chistes. Y luego
regresan a casa, a sus vidas monótonas, pensando en la semana
siguiente. Salvo uno. Ese no lo hará, su casilla en el tablero
quedará vacía.
La novela narra en varias voces esa compostura, ese
tejido que se abre y ha de recomponerse para que todo cobre sentido.
Santander es punto de fuga y crisol de una serie de personajes
atravesados por un mismo espejismo, por una misma desilusión y
pérdida. Narración pespunteada con ecos a Salinger o Hesse.
Creo que estaríamos ante una novela de culto para una generación si
no fuera porque cae en el propio oxímoron de la pérdida de
referentes. Esa búsqueda de certezas, de playas, de tierra firme se
diluye en el mar, el Cantábrico, por ejemplo. Y quien sobrevive se
enfrenta a sus miedos, a sus demonios con los puños cerrados o un
paquete de cigarrillos en una fría noche de invierno, en un barrio
lejos de casa.
La generación de Calvo, Moro, Mario, Tomás o Roto es
esta y representan a millones de náufragos, de empleos precarios, de
relaciones líquidas, de desilusiones cosidas en pieles de barro. La
lluvia cae, los que se van no volverán, pero la partida sigue.
Casilla vacía ruge y calla, cose y desgarra, es un dado trucado en
manos de aquellos lectores que acepten jugar con las reglas sin
antifaces. Como escribe Mazarrasa: "No hay rastro de sorpresa,
ni de confusión, ni de duda. Es la pena pura, el desconsuelo tenaz
de los supervivientes, que suspende el tiempo, o es solo disimulo,
otra forma de máscara".

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