jueves, 9 de abril de 2026

Casilla vacía. Santiago Mazarrasa

 

Un domingo de pesca, entre amigos, es una de las primeras escenas de "Casilla vacía" (Alianza), de Santiago Mazarrasa. Amigos de la infancia, incluido el que no pesca, pero les acompaña, bebe, cuentan chistes. Y luego regresan a casa, a sus vidas monótonas, pensando en la semana siguiente. Salvo uno. Ese no lo hará, su casilla en el tablero quedará vacía. 

La novela narra en varias voces esa compostura, ese tejido que se abre y ha de recomponerse para que todo cobre sentido. Santander es punto de fuga y crisol de una serie de personajes atravesados por un mismo espejismo, por una misma desilusión y pérdida. Narración pespunteada con ecos a Salinger o Hesse. Creo que estaríamos ante una novela de culto para una generación si no fuera porque cae en el propio oxímoron de la pérdida de referentes. Esa búsqueda de certezas, de playas, de tierra firme se diluye en el mar, el Cantábrico, por ejemplo. Y quien sobrevive se enfrenta a sus miedos, a sus demonios con los puños cerrados o un paquete de cigarrillos en una fría noche de invierno, en un barrio lejos de casa. 

La generación de Calvo, Moro, Mario, Tomás o Roto es esta y representan a millones de náufragos, de empleos precarios, de relaciones líquidas, de desilusiones cosidas en pieles de barro. La lluvia cae, los que se van no volverán, pero la partida sigue. Casilla vacía ruge y calla, cose y desgarra, es un dado trucado en manos de aquellos lectores que acepten jugar con las reglas sin antifaces. Como escribe Mazarrasa: "No hay rastro de sorpresa, ni de confusión, ni de duda. Es la pena pura, el desconsuelo tenaz de los supervivientes, que suspende el tiempo, o es solo disimulo, otra forma de máscara".


Casilla vacía. Santiago Mazarrasa. Alianza editorial

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