miércoles, 13 de noviembre de 2013

Entrevista a ÁLVARO BERMEJO: «Lo esencial de nosotros mismos, permanece sumergido en nuestro inconsciente».


He de reconocer que la novela Eternamente tuya, de Álvaro Bermejo me ha impactado. Voy a correr el riesgo de que los asiduos al blog me tilden de fantasioso o de 'mal lector', pero como creo que la novela tiene resortes interesantes, me parecía acertado destacarla.


   Os dejo la entrevista que me concedió el autor, sin la típica entradilla sobre su biografía, aunque ya advierto que esta no es su primera novela, tiene a la espalda muchas más, con reconocimientos literarios. 

   Esta vez, no obstante, me salto el 'protocolo' y voy directo a la yugular de la entrevista. Esto último, obviamente, es un guiño.


 Aparecen referidos Dracula, los templarios, Peter Pan o la leyenda de Tom O´ Shanter…Además de la historia de los protagonistas

Todos ellos forman parte del patrimonio mágico de la vieja Escocia. Tal vez Drácula sea el más sorprendente, pero Bram Stoker se inspiró en un personaje escocés, el conde Errol de Montcrieff, en cuyo castillo pasó una temporada, para crear al vampiro más temido y celebrado de todos los tiempos. Un antepasado del conde Errol, a su regreso de las Cruzadas, casó con una princesa de Valaquia emparentada con del linaje de los Draculea, los hijos del diablo. Stoker no solo quedó fascinado por la leyenda. El propio conde Errol, al igual que su tenebroso castillo (el Slains Castle que se alza sobre la bahía de Cruden Bay) le sirvió el modelo para crear a Drácula. Aquel aristócrata de maneras refinadas que jamás bebía vino y de quien nadie conocía a ciencia cierta su edad –dos atributos vampíricos–, le recibió con unas palabras que resumen la clave de su novela: “Entre usted libremente, y por su propia voluntad”. Había que tener mucha para atreverse a tanto. Aquella fortaleza siniestra, su fantasmagórica silueta alzándose sobre el rugido del mar, los cristales de sus ventanas brillando como diamantes de sangre. Cualquier otro hubiera dado un paso atrás. Stoker lo dio hacia la inmortalidad.  A mí me sucedió algo semejante cuando comencé a escribir esta novela. Sabía que estaba cruzando una puerta donde me esperaba una apuesta con el Diablo. No sé si he ganado o perdido. La respuesta está en los lectores.

Me gustaría que nos comentase algo del proceso de documentación para esta novela, ¿estuvo en Escocia? ¿Vivió alguna experiencia interesante que le inspirase?

Además de leerme decenas de libros y algún manuscrito como el que relata la historia del vampiro de la abadía de Melrose –hablamos del siglo XII–, naturalmente, subí hasta Cruden Bay y visité el castillo de Slains, donde todavía se conserva el libro de visitas donde figura la firma de Stoker. Pero la experiencia más sobrecogedora me esperaba en el cementerio del pueblo. Por aquello de experimentar en carne propia las atmósferas de ultratumba, me propuse pasar una noche allá, sin más compañía que mi bloc de notas. No sucedió nada especial, nada que pueda contar. Sin embargo, a eso de las dos de la madrugada, cuando la niebla comenzaba a espesarse sobre las viejas tumbas, comenzó a invadirme la sensación de que no estaba solo y el desasosiego fue en aumento. En eso, se abrió un claro de luna que iluminó una tumba a unos veinte metros. Caminé hacia ella sintiendo que la niebla me envolvía. Lo que vi me dejó sin aliento. Sería una casualidad, puro azar, pero aquel haz de luna iluminaba la lápida de Moira de Meczir, aquella princesa de Valaquia con fama de vampiro con la que se había casado el antepasado del conde Errol. Como se puede imaginar, no esperé a verificar si estaba a punto de abrirse.

Me ha llamado la atención entre las leyendas de Escocia la que hace referencia a una real, la del canibalismo rural.

Nada del otro mundo. Era una práctica habitual en Europa  hasta el siglo XVII. La historia que evoco en mi novela, la del clan de Sawney Bean, fue una de las más terroríficas que se recuerdan, no por el hecho en sí –se conocían otras semejantes–, sino por la magnitud de la carnicería que implementaron aquellos caníbales de la Milla Oscura. En su guarida las piernas, los brazos, las vísceras y los corazones de sus víctimas, hombres, mujeres y niños colgaban en ristras, puestos a secar, como carne en conserva. Al lado de estos caníbales  de las Highlands,  los vampiros victorianos casi parecen damiselas de una opereta kitsch. Pero, hablando en serio, unos y otros remiten al mismo imaginario: carne y sangre, inmolación y devoración. Todavía hoy empleamos expresiones bastante inquietantes, aunque lo hagamos de una manera frívola: “Está para comérsela o para comérselo”, “Te comería a besos”, etc. El caníbal que fuimos, allá en los tiempos de Atapuerca, permanece agazapado en nuestro inconsciente. Y no tiene nada de extraordinario: fuimos caníbales impunes al menos durante 30.000 años. Los 2.000 años que siguen hasta la actualidad, apenas suponen un parpadeo.

‘Se puede creer y no creer en una misma cosa al mismo tiempo’, reflexionaba Connolly, ¿qué opina usted al hilo del fondo esta novela?

Buena pregunta, porque es precisamente esa la sensación que pretendo dejar en el lector. Aunque nos neguemos a admitirlo, más aún en este tiempo racionalista y cientifista, todos seguimos pensando que hay una parte oscura de la realidad que conecta con lo más profundo de nosotros mismos. Intuimos que la esencia de la vida es el misterio, tal vez porque sabemos que todo lo que nos importa, lo que más nos condiciona, no se puede ver. ¿Cómo se explica el misterio del amor, o el del terror? ¿Por qué nos sentimos atraídos hacia unas personas y decimos que otras nos vampirizan? O, en definitiva, ¿por qué seguimos leyendo relatos que no nos dejan dormir, aunque sepamos que se trata de meras ficciones? Lo sobrenatural es la parte oculta de lo evidente, y lo evidente no es más que la punta del iceberg. Lo esencial de nosotros mismos, nueve partes sobre diez, permanece sumergido en nuestro inconsciente. Por eso necesitamos soñar tanto como respirar. En ese tiempo en que permanecemos fuera de la realidad tangible entramos en otra dimensión donde, tal vez, somos realmente nosotros mismos

Hablemos del amor, ya ‘sugerido’ en el título, y me detengo en la frase: ‘El amor es un tirano exigente. Siempre quiere más’. ¿Opina igual que el protagonista?

“Quien lo probó, lo sabe”, dijo el poeta. Pero no es necesario rastrear la historia de la literatura para experimentarlo en carne propia. Sin duda, el éxito que recaban hoy las historias de vampiros, su renacimiento a través de sagas como Crepúsculo o True Blood, remite a una pulsión que afecta cardinalmente a la sentimentalidad contemporánea. En estos tiempos donde impera lo política, social y convivencialmente correcto, se diría que tenemos hambre y sed de vivir romances límite. El corolario más prosaico, pero no menos vampírico, coincide con esa epidemia de violencia de género que se cobra una media de cincuenta vidas al año en España. “La maté porque era mía”, dice el vampiro canónico, igual que los matasietes del honor calderoniano. Personalmente, no hay nada que abomine más. Por mucho que nos seduzcan las historias de vampiros, el amor de verdad es otra cosa. Para mí el más intenso es aquel que aspira, no a la posesión, sino más bien a la plenitud propia en consonancia con la del ser amado. Siempre preferiré los amores a la luz del sol que los que se escriben entre tinieblas. Ya sé que difícilmente podrán escribirse en una historia que atrape, pero son los únicos que nos redimen de nuestra parte oscura. Los únicos por los que merece la pena vivir.


«El miedo –muy presente en la novela–, es una forma de poder, y de las más eficaces», creo que citó a McDuff parafraseando a Maquiavelo.

Basta hojear cualquier periódico del día. La actualidad se ha convertido en tal crónica de espantos, en su mayoría de naturaleza vampírica, que a veces tengo la sensación de que las verdaderas “Crónicas vampíricas” no son las de Anne Rice, sino las que vemos todos los días en  el Telediario. Todo son casos de chupasangres que pisan moqueta, me da igual que sea la de Bárcenas que la de Obama con sus pinchazos telefónicos. Entre unos y otros –léase “El Informe Lugano”–, han conseguido inocularnos el virus del miedo a todas las escalas: miedo a perder nuestro puesto de trabajo, miedo a un ataque terrorista, miedo a la crisis, a la recesión, a la pérdida del estado del Bienestar. Cuando se vive bajo el miedo olvidamos nuestros derechos y nos conformamos con poco más que seguir viviendo, en las condiciones que sean. Eso lo saben muy bien los amos del mundo, el grupo Bilderberg  o la NSA. Después del atentado contra las Torres Gemelas entramos en la Era del Miedo a todas las escalas. La crisis económica que comenzó en 2007 no es más que un epifenómeno derivado de lo que se inició entonces. No sabemos lo que vendrá después, pero sabemos perfectamente que los días de vino y rosas han pasado a la historia.

La trilogía de E.L. James en un fugaz ‘cameo’ no sale muy bien parada, aparece ‘merecidamente masacrada’ en medio de un camino.

Es lo que tiene el oficio de escribir, te permite implementar una cierta justicia poética. Siendo un  bodrio infumable, lo que más me maravilla de la trilogía de E.L. James  coincide con su poder de seducción entre millones de mujeres de todo el mundo. Sucede como con el mito del vampiro pero a escala cutrelux. Nos pasamos el día defendiendo la dignidad de la mujer, execrando su manipulación como objeto sexual, abominando el maltrato, y resulta que sus sueños más ocultos  –y no menos húmedos–, pasan por tramas de dominación, vejación y bondage, a manos de un chulopiscinas de telenovela. No puedo entrar en la mente de la mujer contemporánea, pero por lo que dicen de ellas sus lecturas y sus autoras preferidas, temo que están involucionando hacia los tiempos de Amarrosa. Y lo peor es que muchas lo hacen alegando pretensiones intelectuales. Es como para echarse a temblar. Por favor, mis queridas amigas, vuelvan a leer, Madame Bovary, Anna Karenina o Cumbres Borrascosas. MI novela también se inspira en esos referentes. Apuesto por un romanticismo real, por lo que tiene el romanticismo de convulso y trastornador. Porque vampirismo y romanticismo son sinónimos.

¿Qué tienen las leyendas en general y las de vampiros en particular que nos fascinan tanto?

Más allá del horror el vampiro encarna una alegoría de la soledad que habita en todos nosotros, de todo lo marginado e inaceptable, de nuestros miedos y esperanzas, de nuestro dolor y nuestra tristeza, incluso de la búsqueda de significados. Ellos parecen humanos, sueñan como humanos, pero no lo son. Son extranjeros de ninguna parte, extraños a la vida, encadenados a una muerte que no tiene fin. Se trata de figuras trágicas, pues están condenadas a la inmortalidad. A una inmortalidad que solo pueden mantener al precio de vampirizar a quienes más aman. Viven eternamente, pero están separados de la vida. Aman con dolor, con una insoportable sensación de culpabilidad, con verdadera desesperación y sin ningún consuelo. El terror que inspiran supone el anverso de la fascinación que nos provocan. Todos tenemos algo de eso. Todos en este tiempo compartimos la maldición del vampiro: nos miramos en miles de espejos con forma de pantallas, y podemos verlo todo salvo nuestro propio reflejo.

«A veces hay que creer en lo imposible. Y hasta en lo imaginario», comenta el cura de Gairloch, y se me antoja que es un buen lema para superarse y automotivarse.


Todos lo hacemos, en todo momento y sobremanera en lo esencial. Si no creyéramos en lo imposible no nos levantaríamos de la cama, no seríamos capaces de creer en lo mejor de nosotros mismos y en lo de los demás, no nos atreveríamos a ponernos en camino hacia nuestros sueños, no lucharíamos contra viento y marea para cumplirlos. Cuando nos fijamos un ideal, por imposible que parezca, estamos midiéndonos a nosotros mismos. Sí, claro que sí, ahí fuera y a plena luz, nos espera un mundo de vampiros encorbatados, muertos vivientes y amenazas sin cuento. Pero solo está en nosotros, en cada uno de nosotros, la facultad de vencerlos y seguir adelante, no para cumplir ningún sueño de infancia, sino para estar a la altura de nosotros mismos.

Muchas gracias Álvaro, le deseo mucha suerte, gracias también por esta novela.

Por Ginés J. Vera.

12 comentarios:

  1. EXCELENTE ENTREVISTA, NO TIENE DESPERDICIO. MI ENHORABUENA AL AUTOR Y, POR SUPUESTO, AL ENTREVISTADOR.
    SALUDOS

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Muchas gracias Koldo Kortazar, opino igual, es una de las entrevistas más satisfactorias para mi de este 2013. Un saludo.

      Eliminar
  2. Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.

    ResponderEliminar
  3. Ginés, me da vergüenza ajena todo. La entrevista, el tema, lo que dice el autor del libro, los vampiros, el canibalismo, la suerte que le dedicas. No salvo nada. No quiero ser pesado, por eso te digo que ese juntaletras se ha apuntado a la moda de los vampiros para ganar dinero, hacerse un nombre y seguir ocupando el ocio de jovenzuelos adinerados (o sus padres) con temas de medio pelo (desde Bram Stoker para acá todo es copiar y copiar y copiar) que les evitan estudiar, formarse y hacerse hombres y mujeres de provecho. Lo siento, pero es todo tan irrelevante que te dejo este análisis y me largo para siempre. ¿Cómo puede decir quien sea que lo mejor de nosotros es lo que está oculto? Absurdo por no decir cosas más fuertes. Lo mejor de nosotros mismos es lo que enseñamos todos los días, nuestra sonrisa, nuestra disposición para trabajar, nuestra fuerza vital, nuestros deseos y nuestras ilusiones, nuestra solidaridad, nuestro aguante ante vampiros inventados y delincuentes y asesinos y misóginos y pedófilos, nuestro trabajo, nuestra energía, nuestro voto o nuestro grito de rebeldía. Eso es lo que cuenta. Lo escondido es lo peor, lo que olvidamos y lo que no queremos recordar nunca porque un día nos hizo daño. Sólo se puede vivir olvidando. Es de cajón, hombre, de sentido común. Despídeme de ese aprendiz de literato. Me resulta tan indiferente como insignificante. Cordiales saludos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola Santiago Gonzalez. Ante todo gracias por tu comentario. Un blog vive de lo que sube el administrador y también de los lectores que lo leen y/o comentan. Creo que tu comentario es muy valiente, pues en algún momento te habrás planteado el cómo iba a tomarme tus opiniones. Creo que estamos en una democracia, que cada cual puede dar su opinión siempre que no falte a las mínimas normas de educación. Insisto, me parece correcto tu comentario. Entiendo tu punto de vista y, en parte, lo comparto. La novela Eternamente tuya no es El Quijote, Fahrenheit 451 o Cien años de soledad. Esuna novela que ciertamente busca un público concreto, que incide en un tema ya tratado. Me atrevo a calificarla de novela de entretenimiento con sus pinceladas de curiosidades. Deseo suerte a todos mis entrevistados, es un latiguillo, si has leido otras entrevistas. Me leí este libro con la idea de leerlo sin más aspiración que eso y, acaso, ver resortes narrativos para poner ejemplos en los talleres que imparto. No he analizado la filosofía del mensaje de Bermejo, no he censurado sus respuestas (más allá de dos preguntas que le hice y de las que sólo he incluido una, por petición expresa suya). Lo peor o lo mejor de cada cual supongo que puede coincidir con lo que pensemos la mayoría, para eso tendría que abrir un debate. En todo caso, para no extenderme, alabo tu sinceridad, tu cortesía y si es deseo personal despedirte de este autor, de este humilde blog y de un servidor como entrevistador, respeto tu decisión. Gracias y un cordial saludo.

      Eliminar
  4. De ti, Ginés, no me he despedido. Te he pedido que me despidieras de esos temas de medio pelo que sólo interesan económicamente a fotocopiadores de éxitos de una sociedad, la yanqui, que va de psiquiatra en psiquiatra, de mal en peor. Mi respeto hacia ti ha aumentado con tu respuesta. Eso de que "me largo para siempre", traducido al castellano coloquial, quiere decir que me voy a por tabaco y luego vuelvo. Seguiré leyéndote y espero que tú a mí también. Para "vampiros", los que "chupan" la sangre del obrero o del señorito todas las mañanas en el cuarto de los análisis médicos de la seguridad social y de las clínicas privadas, o los que roban dinero al contribuyente y lo esconden en paraísos fiscales. Contra estos últimos sí que me gustaría ver publicaciones eternamente suyas. Seguimos en contacto, Ginés. Otro cordial saludo para ti.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Hola de nuevo Santiago. Estoy de acuerdo, hay otros vampiros sin alas que merecen ser objeto de detalle, quiza haya cierta justicia poética, pues dijo un gran escritor español aquello de: no es lo que es, sino lo que se recuerda. Como también don Miguel de Cervantes se apuntase con: No castigues con palabras al que has de castigar con hechos. Pero, insisto, citas aparte, a los tuercebotas mejor castigarles con el folio en blanco, con el silencio. Ve a por tabaco (yo no fumo) y vuelve aquí cuando gustes. Seguimos en contacto y un emotivo cordial saludo.

      Eliminar
  5. Ginés, la justicia poética no vale para nada. Plantéatelo en serio. Lo que es, es. Lo que se recuerda es lo que se recuerda. ¿Qué más te da a ti si te han hecho un ere, que se recuerde como un ere o como un ese o como un pe? Te han hecho un ere y punto. Te jodes, protestas, haces huelga y al final te aguantas. El gran escritor español al que te refieres (?) escribió esa frase un día que tenía fiebre y que le había dejado la novia. Más le valdría haberse callado. Cervantes es más sutil y mejor traído al caso. Los hechos son los que cuentan, amigo Ginés, que no de Pasamontillo, los hechos; el resto consiste en marear la perdiz y en procurar el timo de la estampita. En fin, para terminar, déjame que no esté de acuerdo contigo en el tema de los tuercebotas. Yo no castigo a nadie con el silencio. Eso no es castigo. Eso se llama indiferencia. Yo los castigo con palabras primero, luego con hechos y si no consigo que los dos primeros funcionen, con una denuncia en el juzgado de guardia. El personal sólo aprende cuando aprende (sic) y experimenta en carne propia la dureza de esta vida maravillosa que nos empeñamos tú y yo en continuar por los siglos de los siglos. El próximo día nos hacemos una foto, tú con un pico, yo con una pala. Los dos sudando. ¿De acuerdo? Ginés, que no te emociones. Yo tampoco.

    ResponderEliminar
  6. Ya cogí pico y pala, hace años, ayudando a mi padre a levantar casi a medias la casita 'del pueblo', manchego, para más señas. Pero picos, palas, justicias y juzgados de guardia aparte, confiemos en que sí, en que los unos y los otros aprendan, aprendamos lo dura que es la vida a veces y otras, las más, si uno pone de su parte, maravillosa. Foto pendiente, que el tiempo pasa, y así podremos evocar y, tal vez, inspirarnos para una novela sobre el ser y la nada. Salud.

    ResponderEliminar
  7. Pues yo veo estupendo generar una fantasía que, más americanizada o no, saque al lector de su realidad. No será literatura de pro, vale, MacDonalds tampoco es comida de pro, pero calma el hambre, y ¡despeja!
    Hay que distinguir entre ficción y realidad, entre géneros y géneros, pero sobre todo creo que hay que ser cautos cuando se echa por tierra el trabajo ajeno, porque nos guste más o menos, es trabajo de un compañero. O lo que es lo mismo, imaginemos que en un blog de literatura fantástica se echara por tierra el trabajo de Saramago... ¿a que no molaría nada? Pues eso.
    Y ahora, con el permiso de sus señorías, procedo a callarme.
    Abrazos!

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. No voy a entrar a debatir lo del Mc Donalds, no viene a la letra. Es cierto que es bueno saber lo que uno, como lector, espera cuando abre un libro. El principio de suspensión de incredulidad no puede ser un eterno superhéroe del escritor timorato. No digo que Bermejo lo sea, válgame Cérvantes. Lo de Saramago... Quizá sea un buen ejemplo de concordia, pues a mi el Nobel portugués me tiene aún en la esquina, lo confieso. Y sí, el silencio es un arte, incluso debiera ser asignatura en poética y narrativa... Gracias Mimi Alonso.

      Eliminar