lunes, 4 de diciembre de 2023

Paseos entre viñedos Entrevista a Francesc Ribes

Esta semana, comparto con vosotros esta entrevista a Francesc Ribes Gegúndez, a colación de su libro Paseos entre viñedos (Anaya Touring). El mundo del vino me ha atraído desde mi época universitaria, cuando realicé incluso algún curso de cata. Si a ello le sumamos mi devoción por los viajes, este libro me llamó enseguida y, desde aquí, mi gratitud al autor y a Alicia Hernández, de la editorial, por “maridar” esta oportunidad entre ambos.  


P.: Si pudiéramos trazar un hilo conductor en este libro, creo que sería el del vino con el paisaje y la historia. Concretamente, haciendo hincapié en una serie de rutas de enoturismo por nuestra piel de toro. ¿Es así?

R.: Efectivamente, en Paseos entre viñedos, si algo caracteriza al vino es el paso del tiempo: el suyo propio mientras reposa y se convierte en un reserva o adquiere solera; el de la bodega que lo elabora, a veces en manos de una misma familia durante generaciones, y el del paraje de donde procede la uva, cuya primera viña quizá la plantara un colono romano o un monje cisterciense. La conexión del vino con el paisaje y la historia es el hilo conductor de este libro, porque desde que llegó a la península Ibérica con los fenicios, ha formado parte de todas las culturas hasta hoy. Algunos de los paisajes que propongo visitar en estas rutas enoturísticas no eran muy distintos en la Edad Media, aunque el vino de hoy nada tenga que ver con el de entonces.

P.: ¿A qué es debido, con lo rica que es nuestra tradición vitivinícola, que España no cuente con ningún paisaje vitícola inscrito como Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO? Sorprende, quizá, frente a otros países que sí gozan de ese reconocimiento, como: Italia, Francia o Portugal.  

R.: El paréntesis de la dictadura supuso un retraso en la modernización del mundo del vino, y, exceptuando las menciones históricas (La Rioja, Jerez…), el actual mapa de las denominaciones de origen empezó a tener forma en los años ochenta. Y el paisaje vinícola como atractivo y destino turístico no comenzó a desarrollarse hasta finales del siglo pasado. Solos las bodegas históricas de Jerez, Penedès o La Rioja tenían una amplia experiencia en recibir visitantes, y estos se limitaban a conocer las bodegas (que no es poco). Recuerdo que cuando preparaba mi primera guía de enoturismo, que se publicó en 2006, en muchas bodegas aún tenía que explicarles qué era el enoturismo. Yo creo que esa es la razón fundamental de que no tengamos todavía paisajes que sean patrimonio de la humanidad. 

P.: Y, ya puestos, ¿cuáles cree que serían nuestros paisajes o regiones vitícolas candidatas a formar parte de tan selecto club?

R.: Hemos llegado con algo de retraso, pero no creo que tardemos mucho en ver ese reconocimiento para los viñedos de Montsant-Priorat, La Rioja y Rioja Alavesa o la Ribeira Sacra. Las tres zonas tienen una candidatura en lo que se llama la Tentative List del Patrimonio Mundial de la Unesco y tarde o temprano lograrán el reconocimiento. A esta se añade además la candidatura El Vino en Iberia* que incluye los vestigios más remotos de la cultura del vino en Andalucía, Murcia y Valencia. 

P.: Además de este Paseos entre viñedos, ha publicado otros libros alrededor del vino. ¿Qué van a encontrar los lectores en aquí, en especial, amén de esas rutas e itinerarios comentados?

R.: Efectivamente, he publicado otros títulos relacionados con el turismo del vino o con el turismo de los alimentos de calidad (aceite, queso…). La diferencia, tanto de Paseos entre viñedos como del que publiqué el pasado año, Paisajes de la despensa española (2022), es que no contiene rutas concretas para ir del punto A al B, sino una serie de apuntes sobre los parajes, vinícolas en este caso, que merecen ser visitados, a mi juicio. En cada comunidad autónoma describo los más interesantes, junto con las características de sus vinos y algunas de las bodegas que se pueden visitar, e incluyo pistas sobre otros menos conocidos y quizá por ello más cautivadores. Con estos mimbres, cada cual puede confeccionar las rutas por los paisajes que más le seduzcan.

P.: Como creo que también ha elaborado recetarios con cocineros de prestigio, para terminar, me permito la licencia de solicitarle un maridaje un poco especial. Si se anima. Me refiero a que nos recomiende una receta o dos donde el vino sea protagonista, quizá acompañándolas con alguna anécdota que guarde mientras gestaba este delicioso libro, agradecido. 

R.: Uf. Es una propuesta que habría aceptado encantado hace unos años, pero debo decir que cada vez me interesa más la materia prima, el producto, y menos su posterior elaboración. Y el tema del maridaje me temo que es algo que realmente solo aprecia un público muy reducido. Si cualquier persona quiere percibir de una manera sencilla los diferentes matices de los vinos combinados con los alimentos, yo le propondría que probara esos vinos con una tabla variada de quesos españoles (azules, manchegos, etc.). Yo creo que es una forma fácil y clara de notar los contrastes de sabores y sensaciones. Por lo demás, el disfrute del vino va más allá del propio producto o del maridaje, tiene que ver con la compañía, el entorno y el momento. Es una bebida social, y yo creo que recordamos con más cariño un vino baratito que compartimos con unas tapas en una reunión de amigos que el carísimo gran reserva que nos dieron a probar en una comida de trabajo. 


Francesc Ribes (1964) es periodista, editor y traductor. Ha escrito libros como Rutas por los Vinos de España, Guía de los Hoteles del Vino en España y guías sobre las costas de la Comunidad Valenciana y Murcia; ha colaborado como autor y editor en todas las ediciones de Guía del Turismo del Vino en España y Guía del Turismo Gastronómico en España. Asimismo, ha traducido y editado numerosas guías de viaje para Trotamundos Routard, y trabaja regularmente para editoriales como Anaya Touring y Desnivel. 


Paseos entre viñedos. Francesc Ribes. Anaya Touring

(*) Por cercanía a esta candidatura, os dejo este enlace acerca de este proyecto de El Vino de Iberia.

jueves, 30 de noviembre de 2023

Siete cuentos para toda una vida. Fernando Trías de Bes

Dicen que nada sucede por casualidad, de ser así, no fue casual que llegase por sorpresa a mi casa Siete cuentos para toda una vida (Diana), de Fernando Trías de Bes

Dos fueron las expectativas que se abrieron justo antes que las páginas de este libro. La primera, al tratarse de un libro de relatos. Quien me conoce, sabe que soy amigo del genero, que huyo de los novelones pantagruélicos. Por tanto, ya desde ese título, me animé a bucear en el corazón de las siete historias. La segunda, aunque suene snob, me animó volver a leer la prosa de Trías de Bes

El autor me ganó con un libro al que respeto y admiro en su contenido y forma (entendida como arquitectura narrativa). Muchas y muchos lo conoceréis, me refiero a La buena suerte. Dos son también no ya los autores de este La buena suerte, pues lo escribió junto a Alex Rovira. También son dos los libros que he había leído hasta Siete cuentos para toda una vida, el más reciente, Yo soy así…, junto a Tomás Navarro. Parece que esa dupla se repite, lo cual no ha de ser casualidad. Me refiero a que el volumen Yo soy así es de relatos, por cierto. 

Pero volvamos a Siete cuentos para toda una vida. En sus casi trescientas páginas iremos descubriendo siete historias que es recomendable leer en orden. La razón es bien sencilla. De algún modo, son un camino, una línea argumental con el tiempo vital como protagonista silente. Desde el primero hasta el último recorren distintas etapas de la vida para contar, pero también para hacernos reflexionar. Como en otras obras de Trías de Bes, este Siete cuentos para toda una vida nos abre siete ventanas al autoconocimiento, a la autoaceptación y a la existencia plena. 

Historias que se tocan, se leen y casi se viven, en las que además de la emoción de la lectura descubriremos, de la mano de sus personajes, el valor de la amistad, el apego, la libertad o la creatividad. Experiencia, aprendizaje y perseverancia en siete cuentos, siete historias, siete, como número de la suerte, espiritual y energético para muchas culturas. Un último apunte, las ilustraciones corren a cargo de Blanca Trías de Bes. 


Fernando Trías de Bes (Barcelona, 1967) es economista, investigador social, observador atento y divulgador incansable. Autor de una veintena de libros, entre ensayos económicos, novelas, relatos y guiones. Entre los primeros, destacan La buena suerte (2004, Premio al mejor libro del año en Japón, en coautoría con Álex Rovira); El vendedor de tiempo (2005); El libro negro del emprendedor (2007); El hombre que cambió su casa por un tulipán (Premio Temas de Hoy 2009); El gran cambio (2013) y El libro prohibido de la economía (Premio Espasa 2015). Sus ensayos más recientes son: Las siete llaves (2020) y La solución Nash (2020). Entre sus principales títulos de ficción se cuentan El coleccionista de sonidos (2007); Mil millones de mejillones (2010) o Tinta (2011).


Siete cuentos para toda una vida. Fernando Trías de Bes. Diana.

martes, 28 de noviembre de 2023

Entrevista a Carlos Fortea

 

Habitualmente, traigo a Maleta de libros entrevistas de autores al hilo de su última novela. En este caso, mi entrevistado me concedió esta simpática entrevista al hilo de dos de sus novelas pues, de algún modo, están conectadas. Todo y que entre una y otra publicó El mal y el tiempo (Nocturna, 2017). Sin más preámbulos, os dejo con la entrevista. 


P.: Publicó en 2015, Los jugadores, una novela ambientada tras el final de la Gran Guerra, para retomar, este 2023, con El aviador, una suerte de continuación de algunos de los personajes. En este caso, El aviador se desarrolla el año en que prorrumpen las hostilidades de la Segunda Guerra Mundial, los bombardeos alemanes en Londres y la caída de Francia. Háblenos de estas dos novelas tan separadas en el tiempo de publicación, pero unidas por algunos personajes clave. 

R.: Las dos novelas están, en efecto, vinculadas por la reaparición de algunos personajes, pero se leen enteramente por separado, no son en absoluto continuación la una de la otra. En Los jugadores se planteaba como escenario la Conferencia de Paz de París de 1919, y cuando empecé a escribir El aviador, que sucede en Londres durante los nueve primeros meses de 1940, sentí de pronto la curiosidad de saber qué había sido de algunos personajes que aún eran jóvenes en aquella primera oportunidad, y tendrían algo más de cincuenta años en esta segunda. Y me encontré contando no solo su futuro, sino una parte más de su pasado que no había contado en Los jugadores. De alguna manera, fue lo que ellos quisieron… 

  Pero son dos novelas muy distintas. Los jugadores era una novela de tramas, en la que la importancia fundamental la tenían los acontecimientos, y El aviador es una novela de personajes, una novela de personas enfrentadas a grandes dilemas. El lector que aborde las dos encontrará experiencias muy diferentes entre sí. 

P.: He leído en varios medios eso de que España se mantuvo neutral durante la Primera Guerra Mundial. Pero creo que fue más bien una “neutralidad forzada” por los países aliados. Además, creo que también se le sumó una fuerte fractura social y política. Coméntenoslo al hilo de la trama de Los jugadores; ese papel tibio de nuestro país en el marco histórico de principios del siglo XX. 

R.: Bueno, yo creo que España se quedó -afortunadamente- fuera del conflicto porque, como es tradicional en nuestro país, había una fuerte división política interna entre “aliadófilos” y “germanófilos”, que llevaba hasta el mismo interior del palacio real. Luego, quedarse fuera le permitió hacer pingües negocios durante el conflicto, y de esa manera ganarse no la gratitud, sino la enemistad de todas las partes. Negocios que por cierto solo sirvieron para enriquecer a los que ya eran ricos, lo que causó una crisis económica terrible cuando acabó la guerra y se acabó el comercio de armas y pertrechos. En ese momento pagamos la factura que otros habían pagado antes con su sangre. 

P.: Aparquemos la Historia, con mayúsculas, para centrarnos en otros aspectos de la trama de Los jugadores. A pesar de los dos asesinatos que tendrá que descubrir el comisario Retier, no sé si podríamos tildarla de novela negra. Casi prefiero que sea su autor quien nos de su valoración. 

R.: Yo no la llamaría novela negra, como no la llamaría novela histórica. Es una novela de ambientación histórica que utiliza una trama policiaca como vehículo para contar unos acontecimientos que van mucho más allá de ella. La investigación del comisario Retier me sirve para llevar de un sitio a otro a los personajes y aflorar algunos de los conflictos que estaban perfilándose en aquella en gran parte fallida conferencia de paz. Pero creo que es una novela sin apellidos, una novela sin asignación de género. 

P.: Como ocurriera con Los jugadores, en El aviador se maridan los personajes históricos con los ficticios. Aprovecho para preguntarle por los femeninos; quizá, por ejemplo, por la profesora de piano, aunque no es la única. 

R.: Marina es un personaje al que tengo mucho cariño. Una representante de la serenidad en un mundo de agitación. Creo humildemente que, además, de una forma de serenidad muy femenina, que tiene los pies muy bien puestos en el suelo. Los personajes femeninos de esta novela me importan mucho. Me importa mucho Marina, pero también Laura, que ya me importó mucho en Los jugadores, y sobre todo Clara, que es quien da y recibe la réplica del otro personaje principal, el general Rojas, el aviador que da título al libro. 

P.: Entiendo que el título de El aviador hace justicia a esos avances técnicos de la época que van a transformar el mundo, por ejemplo, con la aviación, aunque sin descuidar los acontecimientos políticos y sociales ante un futuro cuajado de incertidumbre. Del cielo, de algún modo, llegó el final de la Segunda Guerra Mundial y la gran amenaza actual de las superpotencias de acabar con el mundo en forma de holocausto nuclear. Háblenos de ello en el contexto de ese aviador y el resto de personajes de su novela. 

R.: Bueno, yo he intentado exponer en la novela el papel de la aviación no como arma, sino como avance. De hecho, en un momento de la novela el general lamenta que el paso del tiempo haya convertido en agentes de destrucción a quienes empezaron siendo agentes de progreso. Antes de empezar a dejar caer bombas, la aviación había transportado personas, noticias, cartas. Yo no me siento en deuda con los aviadores que destruyeron las ciudades de Europa, sino con los que consiguieron llegar a Nueva York en seis horas y media, en tres mientras voló el Concorde

Carlos Fortea (Madrid, 1963) ha sido profesor de Traducción en la Universidad de Salamanca y en la actualidad imparte clases en la Universidad Complutense de Madrid. Ha traducido más de ciento cincuenta obras de literatura alemana que le han hecho merecedor de galardones como el Premio Ángel Crespo o el Premio Esther Benítez. Además, es autor de las novelas Impresión bajo sospecha (2009), El diablo en Madrid (2012), El comendador de las sombras (2013), Los jugadores (Nocturna, 2015) —finalista del Premio Espartaco de la Semana Negra de Gijón—, A tumba abierta (2016), El mal y el tiempo (Nocturna, 2017) y El aviador (Nocturna, 2023), así como del ensayo Un papel en el mundo (2023).


Podéis encontrar las novelas de Carlos Fortea aquí.

viernes, 24 de noviembre de 2023

El enigma de los niños gaviota. Entrevista a Antonio Puente Torrecilla

Me concedió estos días una entrevista el escritor gaditano Antonio Puente Torrecilla al hilo de su novela El enigma de los niños gaviota. Agradecido al autor y a Kasia Karposiuk de la editorial Distrito 93 por acercarnos literariamente.


P.: Ubica el grueso de la trama en un pequeño pueblo pesquero gallego, cuyo narrador cuenta algo acerca del “cariz atávico supersticioso propio de ciertos pueblos norteños”. A menudo, caemos en estereotipos, como este de los pueblos norteños o los de la gente del sur, bien maridado también en esta novela. Háblenos sobre ello.      

R.: Hay ocasiones en las que un escritor busca una historia y otras, como esta, en las que la historia me  encontró a mí. Hace más de diez años, estuve de viaje por Galicia, en concreto, por la impresionante Costa Ártabra, y, al pasar los acantilados de Cedeira, llegamos a San Andrés de Teixido, un pueblo de potente impacto visual donde se encendieron maquinarias y sentí que cientos de ruedecillas giraban revolucionadas: los radares habían captado algo. Aquella intuición comenzó a consolidarse al visitar los yacimientos y perderme entre la niebla buscando respuestas en geoglifos,   destilaciones, mujeres enlutadas, olor a mar, entre cientos de gaviotas acechando. Supongo que es imposible no caer en la tentación de adentrarse en esa enigmática idiosincrasia envuelta en la misma lluvia ancestral que envolvía los castros celtas… De la misma forma que es muy difícil resistirse a tener la mente receptiva cuando paseas por una calle gaditana o escuchas una conversación en cualquier taberna del Barrio de la Viña. Quizás el clima de uno y otro lugar propicie el tipo de mitos y leyendas que los caracteriza. El arte y las historias rezuman de lugares como La Coruña o Cádiz y se alojan en el cerebro como el salitre en la roca, que pasado el tiempo acaba abriendo. Cuando regresé a casa, escribí las tres novelas seguidas, una por año.

P.: El texto está trufado de referencias literarias. Desde Jean Baptista Grenouille a ese hostal “de cuyo nombre no quiero acordarme”; del Gato de Cheshire al capitán Nemo, pasando por Asterix, Stephen King, Sherlock Holmes, Matilda, Merimée; sin olvidar la obra De bello Gallico, de Julio Cesar, o al capitan Ahab… aunque la lista sigue.  Cuéntenos acerca de estas elecciones que se me antojan nada casuales.      

R.: Las referencias literarias cumplen varias funciones. Por un lado, está el grafismo del que pueden dotar a una escena y del paralelismo que pueda tener el personaje en cuestión en ese instante con la referencia sugerida. Por poner un ejemplo, para mí los olores adquirieron una nueva dimensión desde que leí El Perfume de Patrick Süskind, o no puedo concebir más perfecta femme fatale que la Carmen, de Merimée. Interiorizo las lecturas y, luego, ellas me ayudan a interpretar no sólo escenas de mis  novelas, sino mi vida en general. Por otro lado, también lo considero una forma de mostrar al lector  quién está detrás del biombo en el país de Oz, es decir, cuáles son los gustos literarios del autor.

P.: También hay algún que otro homenaje o tributo, ¿lo entrecomillo?, al séptimo arte. Por ejemplo, a El Resplandor, Los pájaros, Los puentes de Madison  o a “he visto arder naves más allá de Orión”; sin olvidar a Sean Connery, James Stewart, Vito Corleone o Forrest Gump, por dar algunos ejemplos. Todo en la vida es cine, cantaba Aute, aunque le dejo convencerme de si “los sueños, cine son” al hilo de esta novela.        

R.: El enigma de los niños gaviota es la primera parte de una trilogía que escribí de un tirón. Esta primera entrega está enfocada desde el punto de vista cinematográfico, en concreto en el suspense y por supuesto la figura que primero surge es Alfred Hitchcock. Hay numerosas escenas en las que incluso menciono  la cámara  física  que  sobrevuela  a los  personajes,  enfoques,  fundidos.  Obras como  Los pájaros, o La ventana indiscreta, pero sobre todo Vértigo. Lo considero una especie de código con el que tratar de sugestionar al lector y advertirle de dónde se está metiendo.      

  Y si en esta primera parte tuve la intención de poner al lector delante de una pantalla de cine, en la  segunda, El horizonte de las burbujas plateadas, Gonzalo investigará la desaparición de un equipo de científicos que estudian el cambio climático en Islandia, y la clave será el teatro, por lo que intentaré crear la ilusión de ambientar al lector en un patio de butacas como forma de narrarle el caso.       

  La tercera, titulada El oráculo de los vendavales, está inspirada en hechos reales: Mercedes estuvo desaparecida varios meses, pero regresó a casa con la convicción de que transcurrieron unas horas. Aquí  el ambiente girará en torno a la creación de una novela, una muy especial ya toda en el presente y que el  propio Gonzalo se encargará de convertir en ficción.

P.: Sigo con el tema de las referencias, en este caso, diría que justificadas por su amor al mar y, en este caso, casi afirmaría que a la obra de Homero. No solo se le cita, también a Circe, a Penélope y, por su  puesto, a Ítaca. Algo de epopeya y metafórico retorno a Ítaca he creído ver en el narrador protagonista de El enigma de los niños gaviota. No sé si lo comparte.     

R.: La Odisea es uno de mis libros de cabecera. Es prácticamente la primera obra literaria conocida que  ha sobrevivido a miles de años quizás gracias a su estructura; y atendiendo a esto, algunas vivencias de  Gonzalo Tristán cumplen con varias de las secuencias de Propp en cuanto a la estructura ancestral del  cuento, entre ellas el viaje del héroe, la magia, el combate, el impostor, el regreso, la transfiguración… Nuestro detective sigue algunos de estos pasos y finalmente consigue esa catarsis que busca en la palabra escrita, siendo ésta su Ítaca; todos tenemos una huida pendiente y una Ítaca a la que regresar, y a veces no es un lugar físico, sino un estado de la mente. 

P.: En esta época de citas breves y lapidarias, de tuits y retuits, hay algunas frases de su novela que  invitan a la reflexión. Por si las quiere comentar, he escogido estas dos: 

  Nadie es libre hasta que se enfrenta a sí mismo.      

R.: Parece un tópico, pero a medida que cumplimos años generamos aristas de las que vamos siendo conscientes.  Reconocerlas  se   convierte  a  veces  en   un  reto  a   nuestro  orgullo  y  superarlas  en   una necesidad para ser libres.    

  Quitarle a un hombre la memoria, es quitarle el alma.      

R.: Nuestra alma, lo que nos diferencia de otro animal, son nuestros recuerdos y la versión que cada cual se fabrica de ellos. Si nos los quitan nos convertimos en zombis, en animales con aspecto humano.     


Antonio Puente Torrecilla (Algeciras, Cadiz. 1979) fue finalista del II Certamen de Relato Corto Conil ante las drogas en 2008. Es autor de la novela Las Aguas del Tiempo en 2009. Ganador del XXXVI Certamen Literario Nacional José María Franco Delgado en el año 2010 con su relato, Piel de mojarra. Ha sido, así mismo, finalista del X Certamen de narrativa corta Carmen Martín Gaite en 2010 y finalista en el Certamen Literario Editorial Universo 2013. 


El enigma de los niños gaviota. Antonio Puente Torreciella. Distrito 93.