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lunes, 21 de octubre de 2013

Entrevista a LEONARDO PADURA: «Uno de los grandes problemas del hombre es no saber aprender de las experiencias de otros hombres».

Entrevisto al novelista y periodista cubano Leonardo Padura recién aterrizado en Valencia, tras un merecido café y cigarrillo con un guiño cómplice antes de las preguntas.
Periodista desde 1980, más tarde se dio a conocer como ensayista, escritor de guiones audiovisuales y novelista. Aunque tiene novelas en las que no figura el detective Mario Conde (como El hombre que amaba a los perros, galardonada con varios premios), sus novelas policiacas gozan de gran éxito internacional, habiendo sido traducidas a varios idiomas y obtenido prestigiosos premios.

Los que ya conocen las andanzas de ‘su’ detective Mario Conde, ¿qué van a encontrar en esta novela, Herejes?

Van a encontrar una novela diferente en el sentido de que no es una novela policiaca clásica. En la cronológicamente anterior, La neblina del ayer, a Mario Conde ya se le veía una evolución muy grande en el personaje respecto a las novelas anteriores, por su oficio de comprador y vendedor de novelas, porque ha envejecido, porque Cuba ha cambiado, y porque yo manejaba una estructura de la novela bastante atrevida, ya que en la primera mitad de la novela no hay crímenes. Ahora he forzado más las estructuras del género y a Mario Conde. Sigue teniendo el mismo oficio, pero se lo van a encontrar más viejo, desencantado, irónico, más desubicado en el mundo al cual él pertenece. Mario Conde es un cubano profundamente representativo de una generación, y esto entra en un conflicto grande en esta novela, porque es una generación que se siente profundamente desubicada, frustrada y porque él es un hombre que siente en muchos momentos que el mundo, los códigos del mundo que lo rodean, empiezan a ser códigos que él es incapaz de descifrar. Y eso para un hombre como él que vive entre la literatura y la calle le resulta muy dramático.

Mario Conde se considera integrante de esa generación que menciona, que aparece en la novela como ‘la generación escondida, la más desencantada y jodida’, cuyo único recurso es resistir como superviviente.

Mi generación es una generación de supervivientes, en la medida que practicó la supervivencia muy activa y dramática, en los años noventa sobre todo. Nosotros vivimos una gran crisis en los noventa de la que no hemos salido todavía; el panorama cubano es distinto, pero los efectos se han dilatado hasta el presente. Una crisis que nos obligó a practicar estrategias de supervivencia muy diversa. He conocido a amigos con hijos que dejaban de comer para que comieran sus hijos. Somos gente con una gran capacidad de resistencia y de cómo lograr la supervivencia

Ya que menciona la crisis, me preguntaba por esos lectores desencantados que, queriendo olvidar su situación actual, quizá busquen mayormente lecturas de disipación, de entretenimiento, ¿qué les diría si eligieran su novela en la librería?

Primero que la lectura del libro puede ser un poco sorprendente, pero no es difícil. Yo he practicado siempre la teoría de que escribo para comunicarme, es algo que aprendí en mis años de periodista. Mi gran reconocimiento público en Cuba fue como periodista. Hice un periodismo diferente ya que no tenía que ver con la política, con la cotidianidad, sino con relatos que a la gente le interesaban mucho. Logré desarrollar una gran habilidad comunicativa. Creo que la he mantenido como escritor, comunicar a los lectores es importante. Esta novela es un rompecabezas que se arma al final, pero las claves que utilizo no son claves narrativas complicadas para el lector. Y segundo, me gustaría que se acercaran no por lo anecdóticamente que se cuenta sino por el mensaje conceptual que es que aun pagando un precio, aun sufriendo determinadas marginaciones, castigos, excomuniones políticas, sociales, etc.,  el hombre tiene la responsabilidad de ejercitar su libertad.

¿Fue ese el origen de la novela?

Yo estaba construyendo una historia en la que había varios conceptos que le iban a dar vida a esta historia como el de la expulsión de determinadas personas en determinados momentos históricos y su búsqueda de la libertad, y este personaje judío sefardí, en la Ámsterdam de 1640, me parecía ideal para presentar esta historia en un contexto en el que hubo una gran tolerancia con la religión judía.

Aparece incluso en la portada un cuadro de Rembrandt, ¿por qué eligió este en concreto?

Al entrar en el mundo de Rembrandt es inevitable que se crucen los intereses de este con la comunidad judía. En varias ocasiones pintó imágenes bíblicas, imagines de rabinos, de personajes de la comunidad judía porque él vivía en el centro de la judería de Ámsterdam. Son cuadros enigmáticos y muy revolucionarios en el sentido que rompen con la estructura idealizada de Cristo, y de la pintura barroca de la época. Rembrandt decía que quería pintar a Cristo al natural: estaba buscando la humanidad de Cristo. Buscaba un modelo vivo y qué mejor modelo vivo que un judío. Este cuadro en concreto ha sido nombrado de dos formas distintas: ‘Retrato de un judío’ o ‘Cabeza de Cristo’. A partir de este acto evidentemente herético para un judío, de representar la imagen de Cristo, se me completaba el panorama de la herejía de este personaje, que es un personaje histórico del que no sabemos nada, pero al que yo le he creado una historia con una relación con Rembrandt y es protagonista de la primera parte de la novela.

¿Esta historia podía haberse contado sin Mario Conde, alguna vez lo pensó?

Sí, se podía haber contado sin Mario Conde, pero decidí que, a la hora de poder completar el marco que describe el relato antes de llegar a Cuba, el personaje de Mario Conde podía ser un facilitador para esta tarea.

Los nombres de los capítulos son muy significativos.


Sí, hay un juego evidentemente con todo el mundo de la filosofía, de la literatura judía, y por eso que recojo nombres de libros bíblicos para las historias de cada uno de estos personajes: el libro de Daniel, el libro de Elías, el libro de Judit y el Génesis, que es la cuarta parte, donde se vuelve al principio de todo y se explica un poco la relación de cada uno de estos tres libros.

«Sueño con ser trasparente», destaco esta frase de Isaías, en Berlín, en una carta a Joseph, en La Habana, por su dramatismo.

Para una persona que se ve envuelto en unas circunstancias en las que por su origen, color, ideas políticas o religiosas, por la condición que sea, que siente la agresividad del ambiente, que es agobiante, creo que muchas veces ha habido hombres que han deseado ser transparentes, desaparecer. Cuando uno siente algo tan fuerte, la necesidad de desaparecer, de ser invisible, es porque esa persona puede haber llegado a los límites de lo que puede llegar a resistir.

Emerge, casi a modo de prologo, una nota de autor que anuncia la labor de investigación llevada a cabo, y en concreto sobre el conmovedor testimonio de N. N. Hannover.

Desde que lo leí  –‘Desde el fondo del abismo’, se podría traducir al español–, fue algo que me conmocionó, aunque tuvo un gran recorrido de esta historia, lo extracté al mínimo porque creo que entre más conciso mayor efecto dramático tiene; pero son hechos reales, vividos por un testigo, y escritos según la información que vio este testigo. Se la considera la mayor matanza de judíos anterior al holocausto.

Sobre esa conmoción al recabar un testimonio así, me preguntaba si mientras escribía esta novela ha dejado alguna huella tras acabarla, ¿qué ha quedado en Leonardo Padura de ‘Herejes’?

Creo que el ejercicio de la literatura siempre va dejando primero un aprendizaje histórico, informativo, profesional en el escritor, pero también esta novela tiene que ver con el fenómeno de la tolerancia, tiene mucho que ver con la condición humana, en el sentido de que la libertad es un elemento inalienable de esa condición: nadie deja de ser libre por voluntad propia. Yo pienso que uno de los grandes problemas del hombre es no saber aprender de las experiencias de otros hombres. Las historias muchas veces las leemos como un relato que le pasó a otros hombres y que no nos afecta o no nos puede afectar a nosotros. A veces la novela tiene la capacidad de acercar la perspectiva de un acontecimiento histórico, porque lo pone en contacto con la relación humana, no solo con la historia.

Muchas gracias y mucha suerte.

Por Ginés J. Vera.

lunes, 9 de septiembre de 2019

Las comidas de Lezama Lima. Silvia M. Gómez Fariñas


José María Andrés Fernando Lezama Lima, más conocido por José Lezama Lima, nació en La Habana, allá por los inicios del pasado siglo XX. Hijo de militar, la muerte de su padre marcó su vocación como escritor. Lezama destacó sobre todo como poeta, cuentista y como novelista por una obra singular: Paradiso, quizá una de las obras más importantes en la lengua castellana. Esta apareció publicada en 1966; la única publicada en vida, pero que representó todo un acontecimiento en el panorama literario de la época.

He querido hacer esta breve introducción porque no se prodigan en las librerías las obras narrativas de autores cubanos. En este caso, Las comidas de Lezama Lima no es una semblanza del intelectual habanero, ni una profunda disertación al hilo de sus obras en vida o tras esta.

El título y la portada ya nos dan alguna pista de que sobre el mantel vamos a encontrarnos un libro muy especial. Los lectores descubrimos como entrante un prólogo a cargo del también cubano, periodista e investigador Ciro Bianchi. Titula a su exordio antes del recetario posterior La cocina contada. En él, Bianchi nos ilustra acerca de esos pasajes en la obra de Lezama donde este evoca la cocina cubana. También hace un recorrido por otros escritos y escritores cubanos acerca de ello, de esa presencia o ausencia de referencias gastronómicas en las obras literarias cubanas.

«El lector se queda con ganas de enterarse qué comían los protagonistas de Mi tío el empleado (1887) la importante novela de Ramón Meza, y adentrarse así en los gustos culinarios de la burocracia colonial», leemos. Y en ese recorrido llegamos a ese punto en el que Bianchi nos cuenta que «El dulce es adicción remota del cubano». Quizá por ello la repostería cubana es tan deliciosa, añado yo. Bianchi añade que «Algunas crónicas dan cuenta de que ya en el siglo XVI se hacía presente en la mesa criolla».

No vayamos tan atrás. La narrativa cubana actual también hace guiños a la comida cubana, como el que le hago aquí y ahora a Leonardo Padura. Este autor me concedió una entrevista hace unos años. Puede leerse aquí. recuerdo que nada más entrar aquel en el hotel donde habíamos quedado, lo primero que hizo tras sentarse fue pedir un café bien cargado. Creo que hablamos de su novela y de comida, cómo no.

Bianchi nos cuenta en el prólogo de Las comidas de Lezama Lima que «La cocina ocupa un lugar nada desdeñable en Pasado Perfecto (1991) y Vientos de Cuaresma (1993) novelas de la tetralogía “Las cuatro estaciones” de Leonardo Padura.»

Antes de hablar de la segunda parte, la del recetario incluido en este libro, no quiero descuidar el comentar las divertidas anécdotas de Lezama y su buen comer. En el prólogo, así, leemos por ejemplo de Lezama que no era raro que este «(…) en un restaurante de cocina española, rematase su cena con ese postre criollísimo que son los cascos .de guayaba con queso blanco». Pues eso. Ya anuncia Gómez Fariñas que este libro «pretende dar una idea aproximada de lo que comía Lezama Lima y de los platos que lo deleitaron», algo que la autora ha llevado a cabo valiéndose de múltiples fuentes, afirma, para reconstruir este testimonio.

En el recetario hay buena profusión de jugos como el de mango, ya solo o con piña, o el de guayaba. Esa que tanto gustaba a Lezama como hemos leído. Hay mermeladas, salsas, cremas y recetas de tamales, de arroces y calamares sin descuidar las carnes o los filetes de pescado en varias presentaciones. No podían faltar en el recetario algo tan representativo de la gastronomía cubana como su cerdo asado, su ajiacao, su caldosa, su dulce de coco... junto a los cascos de guayaba. A lo largo de sus páginas, la autora de Las comidas de Lezama Lima incluye las palabras del gran escritor cubano para conformar el contrapunto necesario como lo era ese queso blanco a los cascos de guayaba lezamianos.

Enhorabuena a la editorial Verbum porque ¡metió pesca’o!


lunes, 18 de noviembre de 2019

Entrevista a Daniel Ruiz


Leí en algún sitio que Daniel Ruiz siente cierto aprecio por la ironía, por las personas irónicas, creo que lo asocia a un rasgo de inteligencia. Ya en ese matiz me ha ganado. No he querido pasar así la oportunidad de lanzarle unas cuantas preguntas, a modo de entrevista, al hilo de su última novela "El calentamiento global". 
De entrada comenta que esta es «un “gran calentón”. Que comienza en mi “gran calentón” como ciudadano, que después se transforma en un “gran calentón” como escritor.» 
Como la novela va de medio ambiente, de riesgos laborales y abunda la ironía (síntoma de inteligencia, subrayo), aquí van las preguntas, las respuestas y dos enlaces más para seguir leyendo a Daniel Ruiz y su calentamiento. 

Uno de los personajes principales ostenta el rimbombante puesto de director de Responsabilidad Social Corporativa y Desarrollo Sostenible de una multinacional petroquímica. ¿En sí no es casi un oxímoron? Esto de la RSC ¿no es una especie de lavado de cara para justificar -o blanquear- actuaciones alegales o éticamente cuestionables? 

   Conozco en profundidad la materia y he de matizar que va por barrios. Hay empresas que sí hacen bien los deberes, que se toman en serio estas cuestiones. Curiosamente, suelen ser empresas procedentes de latitudes nórdicas, donde la conciencia social y medioambiental de las compañías no es una bagatela. Pero otras muchas utilizan la RSC con un fin puramente estético, cosmético: todo se queda en la epidermis buenista del discurso “verde” y sostenible, sin que cuaje en compromisos reales. 

La novela no deja de ser un reflejo cómico, a veces histriónico, una divertida e irónicamente desnuda fotografía de nuestra sociedad. ¿Para escribir sobre el presente sin caer en hiperrrealismos no es mejor hacerlo así, riéndonos de la cruda realidad empleando la ironía al modo a lo atribuido a Jacinto Benavente, aquello de que la ironía es una tristeza que no puede llorar y sonríe? 

   Sin la ironía, lo digo muchas veces, ya estaría muerto. Por otro lado, creo que la ironía es la figura retórica por antonomasia, más incluso que la metáfora. Es casi un ansiolítico natural. Las personas que no manejan la ironía me resultan desgraciadas. En literatura me ocurre un poco igual: los autores sin sentido del humor me aburren. 

Cierta relación sentimental vertebra la novela, esa entre el directivo y la cantante. Esa misma que termina por sacar a la luz una pretérita situación de maltrato. ¿Tocaba en este libro hablar de esta lacra social? ¿Es algo así como una especie de chapapote que nos está intoxicando y gotea en los medios de comunicación como unos hilillos negros hasta que alguien dé un puñetazo sobre la mesa, (perdón por el símil tan macarra)? 

   Me interesaba hablar de las formas sutiles del maltrato, esas que acaban calando en las personas maltratadas hasta destartalarles el carácter y hacerles concebir las relaciones de una forma aberrante. Las relaciones de poder acaban muchas veces derivando en relaciones de maltrato, de dominio perverso, y esto es perceptible en la relación sentimental central del libro. 

Decía Churchill que la actitud es esa pequeña cosa que marca una gran diferencia. Lo leemos en la novela. Salirse de la mediocridad, sobre todo si uno se apellida Valiente como un personaje de su novela. ¿Qué actitud espera de los lectores de esta entrevista antes de que vayan a las librerías a adquirir ‘El calentamiento global’? 

   En una tertulia de señoras mayores a la que acudí para hablar de mi novela anterior, La gran ola, a la hora de hacer su valoración del libro, una señora se mostró enojadísima conmigo. Ella, defendió, leía cada noche para conciliar el sueño, y mi novela le había inquietado tanto que era incapaz de dormir por las noches. Me lo planteaba como un reproche, pero nunca me han lanzado un piropo más hermoso, aunque fuera involuntario. Escribo para que a la gente le cueste dormir. Creo en la literatura como veneno. 

Daniel Ruiz (Sevilla, 1976) es escritor, periodista y especialista en comunicación. Su primera novela, Chatarra, obtuvo el Premio de Novela Corta de la Universidad Politécnica de Madrid y, años después, inspiró un corto cinematográfico preseleccionado para los Oscar en 2006. Le siguieron cinco novelas, que le han valido reconocimientos como el V Premio de Novela Corta Villa de Oria o el Premio Onuba de Novela. Sus obras más recientes son las novelas Todo está bien (2015) y La gran ola (2016, XII Premio Tusquets Editores de Novela), y el conjunto de historias titulado Maleza (2018).

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